sábado, 16 de enero de 2016

La educación en el Departamento del Guainía




Educar en un contexto pluricultural, multiétnico y plurilingüe como es el territorio colombiano es muy complejo y, en especial, en el Departamento del Guainía donde los pueblos indígenas aglutinan más del 80% del total de la población, además de contar con la presencia de mestizos, negros, cabucos, mulatos, zambos y blancos, muchos de ellos, procedentes de la mayoría de departamentos del país y de otras repúblicas como Ecuador, Venezuela y Brasil. A los pueblos indígenas, como población mayoritaria del Guainía, les corresponde una formación acorde a su realidad cultural, encaminada al fortalecimiento de su lengua nativa, costumbres, tradiciones y valores propios, que le proporcione herramientas para la defensa de su territorio, la participación en la solución de problemas de su comunidad y el rescate y difusión de su acervo cultural frente al avance de la sociedad hegemónica que absorbe, aculturiza e impone nuevos códigos provenientes de un mundo más globalizado. Es conveniente, además, que el joven indígena conozca los derechos especiales, componentes del Fuero Indígena, que como minorías étnicas les corresponde de acuerdo a lo establecido en la Constitución Política.

Lamentablemente, la construcción del modelo de educación propia, basado en la interculturalidad, tal como lo demandan los Decretos 804 de 1995, que hace referencia a la educación para grupos étnicos y 337 de 2004, expedido por la Gobernación del Guainía, que da vía libre a la aplicación de la etnoeducacion en este territorio, hasta el momento, se ha quedado en decretos y resoluciones sobre los escritorios y la Secretaría de Educación del Guainía ha asumido una actitud pasiva e incoherente, muchas veces, con la complicidad de las organizaciones indígenas, líderes, maestros y comunidad en general, quienes han sido complacientes con la improvisación de modelos educativos descontextualizados para el Guainía que buscan resultados a través del ensayo y error, sin atreverse a producir cambios en ellos mientras sus hijos, en el aula, son arrancados y desvinculados de su cultura nativa.

Con el modelo educativo aplicado actualmente, que es tradicionalista, de corte occidental, los pueblos indígenas del Guainía están condenados a perder su cultura en menos tiempo del esperado. Han aceptado la imposición de una educación que es ajena a su realidad en sus territorios, sin que este tipo de formación satisfaga y atienda sus intereses, necesidades, expectativas y aspiraciones como se demanda en sus planes de vida. En la zona rural del departamento, -donde se concentra el mayor porcentaje de población indígena-, los estudiantes son desposeídos de su acervo cultural al ser reducidos al estilo de vida de los internados. Allí, con celeridad, olvidan sus costumbres y asimilan actitudes de la cultura hegemónica, con prácticas, modas y tendencias que no aportan nada a su formación personal (música reggaetón, uso de tatuajes, piercing, aretes, gorras, cabellos pintados, peinados extravagantes, nuevas jergas o formas de hablar y maneras extrañas de comportamiento), para renegar de lo suyo, avergonzarse de su familia, acostumbrarse a lo fácil, dejar de formarse en tareas propias de su cultura y, en otras palabras, dejar de ser indígena para querer volverse occidental. Esta situación, en buena medida, es tolerada por sus maestros, en su mayoría indígenas, a quienes poco importa la formación de sus coterráneos y del docente occidental, que desconoce los patrones culturales de las comunidades donde trabaja y, por el contrario, quiere imponer en las escuelas, practicas importadas de su región natal. Los estudiantes, desde temprana edad, al comenzar sus estudios bajo el modelo educativo instituido por el Estado, se van alejando de lo propio y, sin terminar aún su proceso de formación en la cultura nativa, se enfrentan al conocimiento de otra cultura, que es mayoritaria y, por ende, dominante y absorbente, que se rige por códigos totalmente opuestos a los suyos.

Al debilitarse la educación propia en los establecimientos educativos del Estado, los padres y autoridades indígenas pierden autonomía sobre sus hijos y se les dificulta mantener la cohesión familiar, social y cultural en sus hogares y comunidades. La educación propia que desde niño se ha recibido en el seno del hogar y que tiene como ejes temáticos las costumbres, saberes, tradiciones, expresiones colectivas, espiritualidad, cosmovisión y lengua materna, entre otros, pervive gracias a los espacios de socialización en donde los adultos, ancianos y sabedores relatan las historias y anécdotas todos los días; también pervive en las fiestas y celebraciones de la comunidad, en los espacios religiosos, en los encuentros deportivos y en el día a día de las actividades cotidianas. La educación propia también se basa en el modo de concebir el universo, en el respeto a las leyes que rigen la naturaleza y, en fin, en todo lo que les rodea. Así, se ha gestado la trasmisión de la cultura de generación en generación. Estos conocimientos se desdibujan en el niño y el joven cuando ingresan a estudiar en las escuelas del Estado que aplican el modelo tradicional de educación.

En realidad, el sistema educativo, en la zona rural del Guainía, no ha logrado cumplir con los postulados, fines y propósitos que demanda la legislación para tal fin. La Secretaría de Educación apenas se preocupa por mantener la prestación del servicio educativo, direccionando sus esfuerzos hacia el componente administrativo que tiene que ver con el manejo del dinero de las nóminas e inversión (víveres, transporte y dotaciones escolares), con desmedro del componente pedagógico (modelo educativo, enfoque pedagógico, método, estrategia pedagógica, material didáctico, actualización docente), que debe ser protagonista en el proceso enseñanza-aprendizaje. Presionada esta entidad, por las cifras de estudiantes que debe reportar al MEN y las cuantías que de este organismo nacional recibe por capitación y, ante la reducción de estos dineros por bajos reportes en matrícula, apenas se preocupa por tratar de elevar la cobertura en detrimento de la calidad, como eje fundamental de una buena educación.

Maestros no calificados, y sin el perfil requerido, llegan a las instituciones escolares del río a laborar, plantas de personal docente y administrativo incompletas, personal no especializado en el manejo de los patrones culturales del contexto y con un bajo nivel de motivación, entre otros, son debilidades del proceso educativo en la zona rural. El maestro allí, no tiene acceso a cursos de actualización y carece de herramientas pedagógicas como la conexión a internet; tampoco hay funcionarios con alto nivel de preparación para orientar los procesos de formación y de trabajo en el aula. La falta de incentivación y motivación de los docentes rurales, las largas jornadas de viaje por sinuosos ríos en medios de transporte no fiables para enfrentar peligrosos raudales, trochas inundadas y en mal estado, planchones inservibles, tractores que quedan varados en plena selva, ríos secos, entre otros, se han vuelto tradición en el periplo del maestro por la educación de la zona rural del departamento. La deshumanización del docente en su azarosa tarea, desmotiva la creación literaria, las experiencias significativas y el trabajo colectivo, razón por la que sus aportes en la parte educativa son muy exiguos. Algunos pocos se dan a la tarea de crear planes de estudio etnoculturales, currículos y obras didácticas, pero su esfuerzo es subvalorado e invisibilizado.

Es conveniente, ante esta realidad, comenzar una cruzada por la transformación de la educación en el Departamento del Guainía y poder afianzar así el modelo de educación propia, direccionado hacia la interculturalidad, con la inclusión de aspectos relevantes de la sociedad hegemónica y del mundo globalizado, pues éstos imponen nuevos derroteros y obligan a las culturas minoritarias a incorporar nuevos elementos, eso sí, sin que éstas tengan que perder su esencia cultural o identidad colectiva. De esta manera, con un desarrollo educativo basado en la interculturalidad, donde se acepten los aportes de las culturas coexistentes en una convivencia armónica con gran sentido de tolerancia y respeto, se puede asegurar el futuro de nuestros jóvenes y el de nuestro país. En estas circunstancias, se puede llegar a la práctica el etnodesarrollo, o proyecto de desarrollo sostenible que no niega el desarrollo como fenómeno mundial sino que propone una versión corregida y reformada de éste. Hablar de etnodesarrollo es referirnos a un desarrollo concebido con la idea de que pueda ser realizado en forma prudente, controlada, sostenible y adecuada a las vivencias de los grupos indígenas. Con una formación acertada se puede refrendar lo que los pueblos indígenas merecen como depositarios de una cultura milenaria que ha marcado nuestras raíces: la búsqueda de su reconocimiento como grupos humanos, con características propias y, por ende, capaces de generar espacios en sus procesos productivos, organizativos y educativos que propendan por el mejoramiento de sus condiciones de vida.

Dirigir nuestra mirada a la educación propia no es volver al pasado ni impulsar prácticas ya desaparecidas como los ritos de iniciación, las ceremonias a los dioses cosmogónicos, el uso del guayuco, el empleo del barbasco o el rechazo del estilo de vida occidental y su tecnología sino, más bien, robustecer la práctica de patrones culturales cuyos códigos vigentes puedan convivir con elementos de otras culturas sin verse afectados, eso sí, con una fuerte dosis de identidad cultural, para que el joven actual pueda enfrentar los embates del mundo globalizado que trata de apabullar lo minoritario cuando no se tienen bases culturales sólidas. Articular el conocimiento de la cultura propia y el conocimiento de la cultura hegemónica a través del “cincuenta-cinquenta”, como proponen algunos líderes indígenas, mediante el diseño de material didáctico, actualización de maestros bilingües, preparación de maestros colonos en el manejo de la cultura, organización del currículo y planes de estudio de acuerdo al contexto y realidad actual, diseño de un calendario ecológico y cultural, compromiso serio de las entidades que administran el sistema educativo, sentido de liderazgo de organizaciones, líderes y sociedad indígena en general y trabajo decidido con sentido de pertenencia de docentes indígenas egresados en etnoeducación de distintas universidades del país, para que hagan sus aportes respectivos, serían los pilares a seguir para navegar en este viaje hacia la autonomía, la preparación y la educación seria de los niños y jóvenes rurales.

Para encaminar este propósito de engendrar verdaderos proyectos educativos que satisfagan las necesidades e intereses de las comunidades indígenas, es imperioso acudir a la perseverancia, al trabajo en equipo y, sobre todo, a aprender a valorar la cultura nativa que es patrimonio de Colombia, tal como lo consagra el artículo 7, o principio fundamental, de la Constitución Nacional donde el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Arza Marza: sitio sagrado de los curripaco




El departamento del Guainía es un territorio rico en recursos naturales, medioambientales, paisajísticos y culturales. Los recursos hídricos representados en la infinidad de ríos, caños, lagunas y aguas subterráneas son fuente de vida para las comunidades y asentamientos indígenas, se constituyen en las únicas vías de comunicación del departamento, alimentan el turismo y la recreación y guardan en sus entrañas significativa cantidad de recursos ictiológicos, auríferos y culturales de carácter material y simbólico.

Como depositarios de inmanente riqueza cultural se destacan los ríos Guainía, Isana, Cuiarí y los caños y afluentes que alimentan estas cuencas hídricas donde se asienta el pueblo curripaco. Uno de estos cuerpos de agua de singular belleza, exuberantes recursos naturales e innumerables huellas del pasado como las piedras sagradas, pictografías y petroglifos, que con el paso del tiempo quedaron plasmadas en sus riberas, es el caño Arza Marza, Arza Marzi o Arramarsi, afluente del río Guainía. El caño Arza Marza, es tan grande como un río y uno de los sitios sagrados más representativos de la etnia curripaco y de la comunidad indígena de San José, que nace en las inmediaciones de tres grandes cerros de los cuales se destaca “Cerro Pelao”, casi al frente de las comunidades de Caranacoa y Danto. Avanza desde su nacimiento en dirección oeste-este, casi paralelo al río Guainía, para abrazarse a éste al llegar a San José, dejando esta población encerrada en las aguas de ambos cauces.

Desde que Militón Yuvabe fundó esta comunidad a comienzos del siglo XX, el caño Arza Marza ha sido sinónimo de vida para sus habitantes pues surte su acueducto, posee gran cantidad de peces y animales silvestres, además de maderas y plantas medicinales. También presenta playas, montículos y lugares exóticos que invitan a pernoctar en sus orillas. Es típico en este lugar encontrar grandes trampas para agarrar pescado llamadas kakures. Militón Yuvabe al fundar San José acertó al encontrar el lugar más indicado para la construcción de la misma, ya que el caño Arza Marza garantiza la seguridad alimentaria a las sucesivas generaciones de personas y puede ser explotado en toda su dimensión únicamente por sus habitantes que no tienen que compartirlo al no existir más asentamientos humanos en sus orillas. A pesar de que sus aguas son de color negro, como las del río Guainía, por la presencia de huminas y ácidos fúlvicos y húmicos provenientes de la descomposición incompleta del contenido fenólico de la vegetación, no presenta elementos contaminantes como aguas residuales o azogue al no haber balsas o dragas explotadoras de oro que puedan contaminar su lecho.

Al hacer un recorrido en su serpenteante cauce, nos deleitamos con las sonoras voces de la naturaleza: el grito incesante y bullicioso de los monos aulladores, el canto melancólico de las palomas, pavas, paujiles y demás pájaros mañaneros, el sonido adormecedor de las chicharras, el movimiento de las hojas de los árboles por acción del viento y las caídas de agua o pequeños raudales que braman intermitentemente componiendo melodías agradables al oído. La vista también se recrea con el verde profundo de la selva que se confunde con el oscuro color de las aguas del caño, surcado por muchas rocas, con milenarios grabados y bancos de arena a los lados que forman vistosas playas especialmente en la época seca del año. Las piedras testimonian la riqueza mitológica del caño cuando, otrora, fue habitado por los dioses cosmogónicos que hacían de este cauce una ruta indispensable para mantener el contacto y el control de los mortales y como proyección de su morada sempiterna.

Para entender la riqueza mitológica del Arza Marza debemos remontarnos al origen del pueblo curripaco. Fue en Jipana, una roca ubicada en el río Ayanen, afluente del Isana, donde los dioses cosmogónicos hicieron de ríos, caños, cerros, serranías, lagunas, playas y piedras sus moradas que, en la posteridad, se convirtieron en sitios sagrados de especial respeto y veneración, incluso hasta nuestros días. Iñapirrikuli, Kuwai, Dzuli, kunaferri y Malinali, entre otros dioses, al diseñar el mundo, dotaron al hombre de utensilios y herramientas para vivir, crearon el día, la noche, las estrellas y demás fenómenos naturales. Ellos se disputaban el control del mundo y se comunicaban con los mortales a través de petroglifos o rocas con figuras y símbolos grabados, comunicación que cobra vida a través de los mitos y leyendas que se tejen en las riberas del caño Arza Marza.

Las aguas del Arza Marza están salpicadas por infinidad de rocas y sitios sagrados como la “Piedra Raya”, en la desembocadura del caño y contigua a la comunidad de San José; “Kunubá”, una enorme piedra parecida a una torre, custodiada por cuatro filones rocosos más pequeños que hacen de soldados o guardianes de la torre que representa a sus dioses; “Piedra Kapolephua”, de forma redonda que semeja la cabeza de una persona con un sombrero, de la que según los lugareños, aquel que pase frente a ella, debe evitar tocarse o rascarse la cabeza, pues de hacerlo, se le caerá el cabello y quedará calvo. Se afirma que cuando alguien pasa cerca a la piedra siente un deseo irresistible de llevarse las manos a la cabeza. También se destaca “Kalacaam” (Piedra Gallo Negro), desde donde, algunas veces, se puede escuchar el canto de los gallos. Dicen que esto es malaseña pues aquel que, por infortunio, escuche el canto del gallo es advertido de que alguien de su familia o él mismo va a fenecer. Otros cuerpos rocosos son: “Abuelo del Danto”, “Jipada Jaleperry” (Piedra Blanca) o “Camino de Anaconda”, que es la entrada a la casa de los yupinais, “Piedra Espejo de Pescado” (kupjecanale), “Piedra Temblador” y “Piedra Cachirre”, entre otros.

También encontramos sabanas y lagos sagrados como “Jinimayao” o comunidad de yupinais. Los antiguos podían ver en esta sabana, vacas, caballos y cerdos que no eran más que espíritus del monte transformados en animales; “Lago de Anaconda” (habitado por anacondas) y, el lugar más importante y sagrado de todos que es la “Laguna Eenoanja” (“Cielo Sagrado”, “Laguna Sagrada”, “Ciudad de los Yupinais”, “Capital de todos los sitios sagrados”), que es la morada del maware y los yupinais que son espíritus del agua y del bosque respectivamente, que pueden imponer castigos a los mortales.

Según la tradición oral, cuando un cazador o pescador irrespetaba o desobedecía la orden ancestral de no pescar o cazar en los lugares prohibidos del caño y, especialmente, en la "Laguna Eenoanja”, inminentemente enfermaba y le sobrevenía todo tipo de desgracias. En la noche siguiente al desacato, el sacrílego soñaba viajando por el caño, rodeado de los espíritus del monte y, el animal que había sacrificado volvía a la vida y cobraba venganza dejándole enfermo, mal herido o paralítico. Al día siguiente, al despertar la persona, se convencía de que esas imágenes oníricas se conjugaban con la realidad ya que había caído en mortal enfermedad y requería la inmediata asistencia de un médico tradicional. Entonces el cuerpo de la persona yacía decúbito, mientras su espíritu era raptado por los yupinais e iba a morar en la laguna donde ingería alimento y vivía como si nada hubiera pasado. La oralidad nos enseña que en una gran ciudad, bajo el agua, moran los yupinais y el maware, en condiciones similares a la de los humanos, con sus propias viviendas y medios de comunicación y transporte. Esta forma alegórica de la muerte en la subacuática dimensión revindica la solidez de las creencias de los ancestros para quienes el espíritu del enfermo gozaba de las bondades del inframundo mientras el cuerpo enfermo yacía en la dimensión terrenal hasta ser curado con rezos por payés que podían penetrar en la fantasmagórica morada y liberar de los espíritus, el alma del profanador.

Los antiguos curripaco veneraban estos lugares y, para poder transitar por allí, sin contratiempos, dejaban ofrendas como casabe, mañoco, ají, jabón, plátanos, yuca dulce, monedas o cualquier otro artículo. No se podía pescar ni coger cualquier recurso natural que, paradójicamente abundaban por esta restricción cosmogónica, tanto en el agua como en el monte, so pena de contraer cualquier tipo de enfermedad o desgracia. No se podía jugar e irrespetar las piedras, gritar e incluso mirar o pasar por sus proximidades pues ya se consideraba profanado el lugar. Para transitar por algunos sitios sagrados las personas tenían que bañarse con antelación, abstenerse de consumir ciertos alimentos o ingresar en ayunas al sitio indicado para evitar la malaseñas o presagios de desgracias. Se afirma también que para evitar la extracción excesiva de animales de cacería, peces y maderas y poder mantener incólumes los recursos de estos lugares, existían puntos donde el caño se bifurcaba o presentaba un ramal semejante que podía hacer perder al transeúnte y, que los animales de cacería, podían ser únicamente malaseñas.

Estos sitios sagrados permanecen aún sin intervenir pues la tradición se mantiene y las sucesivas generaciones de indígenas curripaco son respetuosos de su cultura que se transmite de generación en generación. Así como el caño Arza Marza, existen en el Departamento del Guainía otros lugares también diversos en cultura natural y cultural, algunos perdidos en la inmensidad de la selva y otros a la vista de visitantes y lugareños.

miércoles, 4 de julio de 2012

Guainía, fauna y pueblos indigenas



Dada su variedad ecosistémica, megadiversidad y pluriculturalidad, la Región Amazónica colombiana es considerada como la mayor reserva biológica y cultural del país y del mundo con un potencial incuantificable de recursos para el futuro si se mantiene una adecuada protección y aprovechamiento de los mismos. Los recursos faunísticos son incalculables razón por la que Colombia ostenta uno de los primeros lugares a nivel mundial en diversidad de especies animales. El Guainía como departamento de Colombia y como parte de la gran Reserva Amazónica mantiene una riqueza fáunica incólume si se tiene en cuenta que junto con los departamentos de Amazonas y Vaupés poseen la mayor concentración de ecosistemas menos intervenidos por agentes humanos. Desafortunadamente, muchas especies animales han sido explotadas en forma irracional por el colono quien evade las leyes y los organismos de protección animal para traficar con ellas, en forma indiscriminada, a pesar de que últimamente los controles sobre la explotación de los recursos naturales y del medio ambiente han aumentado. La megadiversidad faunística está representada en esta región por la presencia de numerosos mamíferos, aves, reptiles, peces, anfibios, invertebrados de toda índole e infinidad de microorganismos. 

Cuando visitamos las comunidades indígenas del Guainía y nos desplazamos por algún sendero selvático, quedamos impresionados al contemplar diversidad de aves de distintos tamaños y colores, reptiles que huyen despavoridos a nuestros pies, primates que se desplazan abrazando los árboles e insectos que intranquilizan nuestro andar acariciando o picando nuestro cuerpo; entonces nuestro recorrido se nutre de toda clase de sonidos, silbidos, cantos y algarabías de ese vasto zoológico henchido de libertad en medio de la oscura selva. En el Guainía se localiza la Reserva Nacional Natural Puinawai donde emergen cantidad de especies animales, vegetales y ecosistémicas. Según la Unidad de Parques Nacionales de Colombia, en la Reserva Puinawai últimamente se han encontrado y clasificado muchas especies de animales, entre ellas 31 especies de peces, de las cuales 16 son de consumo y 15 ornamentales. En esta reserva también se han descrito 90 nuevas especies de aves, 28 de murciélagos y 36 de mamíferos. Esta riqueza faunística ha convalidado el reconocimiento del que es merecedor Colombia, como el segundo país más biodiverso del mundo después de Brasil, pues ostenta el primer lugar mundial en especies de aves y mariposas diurnas, segundo lugar en especies de primates, anfibios y peces de agua dulce y tercer lugar mundial en vertebrados terrestres, entre otros.

Lamentablemente, tanta riqueza fáunica no ha sido valorada como tal, pues ha tenido momentos de sobre explotación y exterminio por parte del colono en su afán de lucrarse de los recursos del Guainía. En este sentido, no es nada placentero recordar la época de los tigrilleros o canaguaros que enlutó la historia del reino animal, en este contexto, durante las décadas de los 50 y 60 del siglo XX, cuando las selvas guainianas se tornaron en lugares de explotación y exterminio de muchas especies de animales por cientos de hombres que habían quedado vacantes luego de la bonanza del caucho. Millares de animales salvajes como tigrillos, jaguares, panteras, caimanes, babillas, además de perros de agua, venados, lapas, micos o cualquier animal que tuviese beneficio por su carne, piel, poderes curativos y afrodisíacos, como mascotas y como modelos de investigación biomédica, sucumbieron ante este comercio ilegal de explotación para beneficio en el territorio patrio y, sobre todo, en el extranjero. Tampoco se salvaron las aves como el caso de los loros, guacamayas y garzas blancas, especialmente estas últimas, cuyas plumas eran apetecidas para adornar los vestidos y abanicos de las mujeres europeas de la “Belle Époque”.

Apenas dos décadas atrás, la legislación ambiental comenzó a tomar sentido en lo referente a la protección del reino animal en Colombia. Con la creación de la Reserva Nacional Natural Puinawai adscrita al Sistema de Parques Nacionales Naturales y constituida legalmente mediante Resolución 123 del 21 de septiembre de 1989, se dio comienzo a la protección de los recursos naturales y ambientales en un contexto específico, en un área protegida de carácter nacional. Ya el Decreto-Ley 2811 de 1974 o Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de Protección al Medio Ambiente había proporcionado lineamientos normativos para regular el manejo de este tipo de recursos en el país. Posteriormente, la utilización y aprovechamiento de la vida silvestre animal fue amparada a través de la Ley 84 de 1989 por la cual se adoptó el Estatuto Nacional de Protección de los Animales, que promueve el bienestar de los mismos, sanciona el maltrato y desarrolla medidas para la preservación de la fauna silvestre. La Ley 611 de 2000, establece criterios para el manejo sostenible de especies de fauna silvestre y acuática y la Ley 599 de 2000 o Código Penal Colombiano incluye disposiciones relacionadas con los delitos contra los recursos naturales y el medio ambiente. Con el apoyo de instituciones encargadas de realizar el decomiso de especies silvestres amenazadas o en vías de extinción como el Cuerpo Especializado de Policía Ambiental y los Recursos Naturales de la Policía Nacional, el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural “INCODER” y la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y Oriente Amazónico “CDA”, se han venido protegiendo los recursos naturales y ambientales del Departamento del Guainía.

Afortunadamente, algunas especies animales, como los peces, no se ven amenazadas por su continua extracción para consumo y comercialización. La pesca de consumo, con especies de pescado como el bocón, cachama, morocoto, guaracú, bagre, palometa, bocachico, dorado, rayado, valentón, sapuara, pavón, payara, saltón, curvinata y cucha, entre otros, surte la dieta de indígenas y colonos en la ciudad de Inírida y en todo el Departamento. La pesca ornamental es la única actividad que como bonanza económica aún se mantiene en el Guainía. En la actualidad se extraen peces ornamentales en la zona de influencia de la ciudad de Inírida hasta unos 40 kilómetros a su alrededor, en los caños Bocón, Guarivén y Cunuben y en los ríos Inírida, Atabapo y Orinoco. Las principales especies de peces ornamentales que surten los acuarios nacionales e internacionales son: pez hoja, neón, cardenal, gancho rojo, hemiodo, raya, agujón, escalar, juan viejo, anóstomo, corredora, tigrito, pencil, estrigata, cucha mariposa, pampanitas y congolinos, entre otros.

Para los pueblos indígenas del Guainía, y en general amazónicos, los animales no son solo responsables de satisfacer su dieta alimentaria pues su importancia va más allá del plano utilitarista. Para ellos, los animales son componentes de la madre tierra, hermanos del hombre, seres sagrados que hacen parte de su diario vivir y dan sentido al mundo que les rodea. Algunos pueblos indígenas consideran que los animales son como los seres humanos que tienen alma y sentimientos y conforman grupos especiales de población que integran el bosque. Los indígenas sikuani sostienen que los animales se convirtieron en los hombres después de la primera generación; para ellos sus ancestros son los animales-tótem. En general, los nativos manifiestan que los espíritus de la naturaleza, que son también los dueños del monte, del agua (mawari), de las plantas y de los peces, entre otros, también se materializan en animales que pueden intervenir de manera positiva o negativa en las acciones del hombre dependiendo del comportamiento de éste con la naturaleza. Los curripacos denominan a estos espíritus yupinais y los puinaves les identifican como yumg.

Los ancestros indígenas de algunos pueblos amazónicos representaban sus númenes bajo formas animales, razón por la que algunos felinos, reptiles y aves merecían total respeto y devoción por parte de la comunidad que les rendía tributo. El bien y el mal como manifestación de sus dioses han estado representados por animales como el jaguar, la anaconda, la tonina, la serpiente y el águila, entre otros, debido a la fuerza, inteligencia y agilidad con que estos se manifiestan. Entonces, la cosmogonía y tradición indígena ha hecho reconocimiento a estos animales a través de sus mitos y leyendas. El grado de sacralización que han alcanzado los animales se ha evidenciado cuando los shamanes como intermediarios entre dioses, mortales, espíritus de la naturaleza y demás criaturas de la tierra, al incorporar la energía cósmica, pueden ingresar a otras dimensiones y transformarse a menudo en sus rituales en anacondas, jaguares y otros.

Para algunos pueblos indígenas, los distintos grupos humanos proceden de un tronco común relacionado con la Madre de las Aguas. Según estos, en los tiempos iniciales del cosmos, la Gran Anaconda, a manera de enorme canoa, recorría ríos y caños para multiplicarse por donde iba. De repente, una gigantesca ave rapaz capturó a la Gran Anaconda y la dividió en trozos que dieron origen a los distintos pueblos indígenas. La cosmogonía puinave menciona al “pájaro de la muerte” o águila gigantesca que moraba en los cerros del Mavecure y que devoraba a las criaturas humanas que pasaban por allí navegando el río Inírida. Ducjin, prepara el veneno y asesina a esta ave desde la parte baja del cerro y salva a su pueblo. La tonina o Delfín Rosado del Amazonas también alimenta la rica tradición de casi todos los pueblos indígenas del Guainía y de la región amazónica, ya que ellos les atribuyen poderes sobrenaturales, propiedades mágicas y las consideran diosas del agua o mujeres del agua. De hecho algunas culturas las consideran mitad pez y mitad mujer, como las legendarias sirenas. Estas tienen la propiedad de encantar o atraer a las personas al transformarse en mujeres con gran instinto materno, pues solo basta el llanto de un niño para poner en alerta a estos delfines, que acuden de inmediato a salvarlo cuando su canoa zozobra o es arrastrado por el agua. Caso contrario, para otros pueblos, la tonina se transforma por las noches de luna llena en un apuesto varón que llega a las fiestas y bailes para seducir y robarse a las mujeres con la intención de reproducirse. En algunas regiones se cree que los espíritus de las personas ahogadas quedan atrapados en el cuerpo de estos bufeos o que éstos representan los espíritus de las aguas o mawari y también el mal; además que son enemigos de las mujeres que están en embarazo o con el periodo menstrual. 

Como figura representativa de su clan aparece entonces en algunos pueblos indígenas, el tótem o representación simbólica de algunos animales. En las etnias guainianas, los clanes o conjuntos de familias y parientes con su descendencia y su linaje provienen de un ancestro común, generalmente un animal. Los curripaco, por ejemplo, signan sus clanes con animales-tótem como el tigre (yavinai), el pájaro (waliperre), la gallineta (jojoden), el cachicamo (ayanen), el pato (kumadananai), la boa (muliven), pluma de garza (mavetana) y la luciérnaga (tukedakenai), entre otros. Los clanes puinaves están representados por la danta, el ocarro, el caparro, el jaguar, la tonina, la lapa y el cachicamo, entre otros. Los clanes de los sikuani están representados por el perro, el picure, el pescado, la culebra, el caimán, el tigre, la danta y el ocarro.

En la actualidad, la mayoría de animales son un elemento valioso en la dieta alimenticia del indígena, un recurso vital para la medicina, la protección del cuerpo, la buena suerte, la decoración y como mascotas. Los hábitos alimenticios del indígena han variado un poco si se tiene en cuenta que los antepasados consumían reptiles y gusanos como güíos, tembladores (anguilas), rayas, mojojoyes y algunas variedades de ranas. Hoy, la alimentación del nativo gira en torno al consumo de mamíferos, aves y peces, sin que se afecte la vida de las especies, pues el indígena toma del medio únicamente lo necesario. La cacería como actividad de subsistencia del indígena gira en torno a 24 especies de vertebrados, entre ellas, las más comunes: el armadillo, el venado, el paujil, el morrocoy, la pava, el tucán, el güío negro, la danta, el báquiro o cajuche, el picure, el churuco, el oso hormiguero, la guacamaya, el oso palmero, la lapa, el cachirre blanco, el araguato o mono cotudo, el loro, la matamata, el puercoespín, el ave tente, el chigüiro, el chucuto y el pato silvestre, entre otros, además del consumo de algunos insectos como el bachaco (hormiga culona).

Similar a la parte alimentaria, los pueblos indígenas requieren de los animales para la curación, medicina preventiva y la buena suerte, entre otros aspectos. Para curar distintas enfermedades emplean la sangre del araguato (sistema inmunológico), el falo del guache (disfunción sexual), huesos de cachirre (paludismo), caparazón de matamata (diarrea), cerebro del cachirre negro (guayabo o resaca), espinas de puerco espín (gripa). Además se emplea el caracol cocinado, la piedra que tiene en la cabeza la curbinata, las mantecas de cachirre, tortuga, tigrillo y güío y el aceite de mato y temblador. Son empleados para la medicina preventiva como la protección del cuerpo, calmar las tempestades, la buena suerte, hacer el bien o el mal: el diente de tonina, el diente de tigre (tigrillo), la espina dorsal de la rieca, el hueso de la anguila, el nido del pájaro del mundo (nakúa), el colibrí, el hueso de la pata de venado y el huevo del pájaro makurai; para la belleza del cutis se emplea la piel del mojojoy. La inminente relación entre el animal y ser humano se expresa a través de los rezos cuando el payé, brujo, shamán, curandero, medico tradicional o anciano emplea los animales como medios para la cura o para enfermar a las personas. Se destacan entonces los “chaicures” cuando el brujo emplea rezos que llegan a sus víctimas materializados en culebras, tigres y otros animales con la misión de atacar a las personas. 

De esta manera, podemos apreciar como los animales se constituyen en elemento valioso para la vida del hombre en su cotidianidad y, en especial, para los pueblos indígenas quienes los consideran no como un elemento más de la naturaleza, sino como un recurso imprescindible de la madre tierra, generadora de vida, para mantener su equilibrio natural y como seres insustituibles para el ejercicio de sus usos y costumbres y la proyección de su cultura. Como una gran reserva natural, el Departamento del Guainía ostenta infinidad de especies animales que le hacen distinción como escenario de megadiversidad por excelencia de Colombia, razón por la que es necesario valorar, reconocer y proteger estos recursos naturales para beneficio de la humanidad.