miércoles, 23 de diciembre de 2020

Medicina Tradicional, aliada de las comunidades indígenas del Guainía para contrarrestar los efectos del COVID-19


Como resultado de la globalización que hace parte de la cotidianidad humana, la pandemia del Covid-19 ha viajado por casi todos los rincones del planeta, incluyendo lugares inhóspitos y de difícil acceso como la selva amazónica, donde conviven infinidad de culturas indígenas, entre ellas las comunidades indígenas del Guainía, en Colombia, que han tenido que enfrentarse a esta enfermedad haciendo uso de su saber milenario reflejado en el empleo de las plantas medicinales. Gracias al conocimiento ancestral de estas comunidades, ha quedado sin piso la teoría del nuevo etnocidio por el coronavirus que, según algunos, iba a diezmar buena parte de la población indígena en un símil con la época de la llegada de los españoles, luego del descubrimiento de América, quienes trajeron consigo enfermedades infectocontagiosas como la viruela, el sarampión, la tos ferina, la gripe, el tifus, la gonorrea, la tuberculosis y la sífilis, entre otras, que redujeron considerablemente la población indígena en América por carecer de inmunidad contra éstas, al ser totalmente desconocidas.

La población indígena en el departamento del Guainía alcanza un 74.9%, según el censo de 2018 y está localizada en todos los barrios de Inírida, su capital, y en cada una de las 164 comunidades que se extienden hasta los lugares más remotos del departamento, cuyas fronteras están enlazadas por los portentosos ríos Inírida, Guainía, Guaviare, Negro, Atabapo e Isana-Cuiarí. En las riberas de estas arterias fluviales se asientan pueblos como los curripaco, puinave, piapoco, sikuani, cubeo y yeral, entre otros, cuya cultura se ha mantenido incólume ante el avance aculturizador de la sociedad occidental. Parte de la población indígena se ha desplazado a la capital, en busca de mejores oportunidades de vida, ya sea por estudio o por trabajo, por problemas entre familias, desplazamiento forzado y algunos sin horizonte definido, lo que ha generado más pobreza en esta ciudad que cada vez luce más cansada y sin cómo poder satisfacer las necesidades básicas de todos sus moradores.

El virus de la pandemia ingresó al Guainía en la última semana de agosto, invadió Inírida y con celeridad se extendió por la mayoría de las comunidades indígenas. Los payés, médicos tradicionales y chamanes estaban esperando este momento para poner en marcha su táctica defensiva contra el enemigo: una fuerte dosis de plantas medicinales y otros productos curativos combinados con reposo y oración. En algunas comunidades, atendiendo a la naturaleza del indígena, como ser social, no se practicó el aislamiento entre familias ni mucho menos entre personas sino que, por el contrario, hubo mayores manifestaciones de unión e integración para enfrentar en colectivo la pandemia y seguir recreando su cultura a través de los espacios de socialización como los eventos deportivos y religiosos (cultos, santas cenas y conferencias), las mingas y los encuentros cotidianos en el comedor comunal para compartir sus alimentos. Estas formas de expresión colectiva facilitaron el contagio masivo y pronto todos los integrantes de cada una de las distintas comunidades, fueron adquiriendo el Covid-19.  

Fue entonces cuando ancianos, médicos tradicionales y chamanes comenzaron a utilizar las plantas medicinales que ya habían seleccionado y de las que estaban seguros podían contrarrestar toda clase de virus y, desde luego, esta pandemia. Ellos, desde tiempos inmemorables, han convertido las selvas amazónicas en laboratorios naturales de investigación para encontrar la cura a tantas enfermedades que aquejan al hombre. De esta manera, concluyeron que plantas como el saracura, la limonaria, el açaí, el limón y la caraña, entre otras, asociadas a la miel de abejas y al agua de panela, serían la fórmula más apropiada para ello.

El saracura mirá o “cerveza del indio” (ampelozizyphus amazonicus ducke), que ostenta propiedades revitalizadoras, depurativas, diuréticas, antisifilíticas, antimaláricas, energéticas, cicatrizantes y afrodisiacas; la limonaria o hierba limón (cymbopogon citratus), que tiene propiedades carminativas, febrífugas, antisépticas y bactericidas; el açaí o manaca (euterpe oleracea), con propiedades nutritivas y antioxidantes, previene el cáncer, disminuye el colesterol y fortalece los sistemas inmunológico y nervioso, entre otros, además de que científicos canadienses estudian sus posibles efectos en la reducción del proceso inflamatorio causado por el virus del Covid-19; y el limón (citrus × limon), que mantiene el PH del cuerpo, fortalece el sistema inmunológico,  mejora la circulación sanguínea, es antiséptico, antibacteriano, desintoxica el organismo y es fuente de vitamina C, entre otros, se han constituido, entonces, en productos de uso obligado en cada una de estas comunidades para inmunizar el cuerpo, fortalecerlo y, si la enfermedad ya está presente, combatirla.

Los pueblos nativos de la Amazonía, difícilmente podrán sucumbir ante cualquier enfermedad o pandemia que se pueda presentar, gracias al conocimiento ancestral que poseen basado en la medicina tradicional, al contacto permanente con la naturaleza, a la sana y equilibrada alimentación, al desarrollo de su actividad cultural y a que el grupo sanguíneo que presentan puede generar menos riesgo, en este caso, ante la presencia del Covid-19. La alimentación de los pueblos indígenas del Guainía está basada en productos naturales extraídos del conuco, la selva o el río que no están contaminados con químicos, pesticidas, hormonas o sustancias conservantes como sales, colorantes y demás aditamentos que sí contienen los productos que consume la civilización occidental. El consumo habitual de pepas y frutos extraídos de la selva como el seje, el yuri, la manaca, el cucurito, el moriche, el camu camu, el aviña, el copoazú y el arazá, entre otros, ricos en flavonoides, antioxidantes, fenoles, omega 3 y diversidad de nutrientes, proteínas, vitaminas y minerales, sumado esto al consumo de variedad de pescado fresco, insectos, quelonios, aves y mamíferos silvestres, además del empleo en sus comidas del ají, ha terminado por blindar su sistema inmunológico de manera envidiable. 

De esta manera, la ingesta de productos saludables por parte de las comunidades  indígenas difiere en buena medida de los hábitos alimenticios de la población occidental que esta sujeta al consumo de alimentos que contienen grasas saturadas y grasas trans, estas últimas presentes en alimentos procesados y ultraprocesados, azucares refinados y exceso de carbohidratos. “Comidas rápidas”, embutidos, enlatados, snacks, papas fritas, bollería industrial, gaseosas, bebidas energéticas y bebidas alcohólicas, entre otros, han terminado por generar enfermedades como hipertensión, diabetes, obesidad, cáncer e hiperlipidemia que, al estar asociadas entre sí, pueden derivar en comorbilidades, que menoscaban las defensas del organismo y hacen más susceptible al individuo de perder la batalla contra el coronavirus. Por otro lado, las comunidades indígenas no están sujetas, como si lo está la población occidental, al continuo stress, depresión, ansiedad y otros trastornos mentales que, sumados a la ingesta de fármacos, el uso de sustancias psicoactivas, el alcoholismo, el tabaquismo, la contaminación ambiental y el sedentarismo, terminan por deteriorar la salud y las defensas del cuerpo.

Son envidiables las condiciones de vida que presentan las comunidades indígenas amazónicas al estar ubicadas en el “pulmón del mundo”, un hábitat natural privilegiado que les aporta todo lo que ellos necesitan para vivir, en armonía con la naturaleza y para el desarrollo de una cultura única, plagada de saberes y conocimientos ancestrales. Con la medicina tradicional, los pueblos indígenas del Guainía están logrando contrarrestar los efectos del Covid-19, si tenemos en cuenta que ya un grueso de la población se contagió y el número de decesos se ha dado, más que todo, en Inírida, siendo casi nulo en las comunidades. 

sábado, 13 de enero de 2018

Realidad y fantasía en torno al Delfín Rosado del Amazonas


La cuenca del Amazonas, alimentada por la gigantesca biomasa que nutre el denominado “pulmón del mundo”, alberga la mayor biodiversidad vegetal y animal del planeta y es morada de infinidad de culturas autóctonas. Una de las especies animales más representativas de la Amazonía, ligada al acervo cultural de los pueblos indígenas allí residentes, es el delfín rosado también conocido como boto, bufeo, tonina o delfín del Amazonas. Este cetáceo, pariente de los delfines de mar, las marsopas y las ballenas, incluso de la orca, -la ballena asesina-, es un mamífero respetado y querido por unos, pero también, temido y odiado por otros, dado los poderes extra terrenales y propiedades mágicas que le atribuyen los moradores de estas impenetrables selvas.

En términos generales, el delfín es clasificado bajo el orden de los cetáceos odontocetos y se distribuyen en dos grandes grupos: los delfines oceánicos o de agua salada que pertenecen a la familia Delphinidae y los delfines de río o delfines de agua dulce que pertenecen a la familia Platanistoidea. El delfín amazónico hace parte de las 32 especies de delfines que existen en el planeta y de las cinco especies de delfines de agua dulce, siendo éste el más popular por su coloración rosada, gris o marrón con el abdomen blanco. El nombre científico de los delfines rosados del Amazonas es Inia geoffrensis y son considerados como los animales más inteligentes, con una capacidad cerebral similar a la de los seres humanos dadas sus habilidades, inteligencia, forma de convivencia y sentido de orientación para capturar a sus presas bajo el agua, sistema conocido como ecolocalización. Aunque se encuentra en mayor cantidad en la cuenca del Amazonas que se extiende por 8 países suramericanos (Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia, Guyana y Surinam), también su hábitat es la cuenca del Orinoco y todo el conjunto de afluentes de estos caudalosos ríos.

El delfín rosado del Amazonas es protagonista de infinidad de relatos y testimonios que enriquecen la oralidad y la expresión cultural de los pueblos indígenas amazónicos. Su asimilación a seres sobrenaturales se sustenta en la creencia de que los dioses cosmogónicos se convirtieron en toninas luego de advertir el grado de afinidad de éstas con los seres humanos. Relata la leyenda que al comienzo de los tiempos casi todo estaba cubierto por agua, el cielo estaba nublado y los días y las noches eran tenebrosos; los hombres navegaban en canoas de isla en isla, por ríos correntosos con inmensos raudales y muchos se perdían en la deriva o morían ahogados. Al advertir el tormento que padecían padres y familiares, los niños rogaron a los dioses fuesen convertidos en toninas para ayudarlos en su difícil trasegar, suplica que atendieron las deidades. Desde este momento, los navegantes no se sintieron abandonados a su suerte, pues ya contaban con el apoyo de las toninas que, cuando intentan socorrer a los náufragos, emiten sonidos similares al llanto de un niño. Según los moradores, cuando alguien tiene problemas en el agua y se está ahogando acuden las toninas para salvarlo, empujándolo con su trompa a la orilla, especialmente si son niños. En estas circunstancias, los dioses advirtieron que las toninas eran animales felices pues jugaban, chillaban, nadaban y hacían maromas echando agua, como si fuesen niños y quisieron ser como ellas. Entonces, sin dudarlo, se transformaron en toninas y se llevaron consigo sus poderes al mundo subacuático desde donde siguieron impartiendo premios y castigos a los mortales. 

En su nueva morada, el inframundo acuático, han convivido hasta ahora con las sirenas, duendes, genios, encantos y todo tipo de espíritus del agua y del monte a quienes los indígenas amazónicos han denominado “el mawari”. Para los curripaco, los espíritus del agua y del monte están representados en “los yupinais”, los puinaves los denominan “yumg”, mientras que, para los pueblos indígenas del Perú, estos seres mágicos están comandados por “el yacuruna” o “demonio del agua”, un dios que domina las profundidades de los ríos y de la selva y que se personifica cada vez que emerge. A estos lugares donde moran las toninas y demás seres subacuáticos cada cultura le hay dado diferentes nombres como “Ciudad de los Espíritus”, “Ciudad Sumergida”, Ciudad de “El Encanto” y “Ciudad de Cristal”, entre otros. Los yanoamas, yekuanas, yanomamis, banivas y otros pueblos del Alto Orinoco la denominan “Temendagui”, mientras los curripaco le dan el nombre de “Laguna Enoanja” o “Ciudad de los Yupinais”, ubicada en el caño Arza Marza, afluente del río Guainía, en la República de Colombia. La oralidad nos enseña que, en estos míticos lugares bajo el agua, las criaturas cosmogónicas moran en condiciones similares a la de los humanos en la superficie terrestre, con sus propias viviendas, iluminación y medios de comunicación y de transporte. Desde allí imparten castigos a los cazadores y pescadores que violan las reglas de la naturaleza.

Según la tradición oral, cuando un morador desobedece la orden ancestral de no pescar o cazar en los sitios sagrados, residencia de las toninas y del mawari, inminentemente enferma, le sobreviene todo tipo de desgracias o sufre alucinaciones y encantamientos. Cuando van a enfermar, en la noche siguiente al desacato, el infortunado pescador sueña viajando por el río, rodeado de los espíritus del monte y, el animal que hubo sacrificado revive y cobra venganza dejándole enfermo, mal herido o paralítico. Cuando despierta queda convencido de que estos sueños se conjugan con la realidad pues ha caído en mortal enfermedad y precisa de la inmediata atención de un payé o medico tradicional. Si apenas es fascinado, encantado o embrujado, el morador no puede apartar de su mente a la mujer amada que, sin lugar a dudas, es una tonina trasmutada, que lo seduce continuamente hasta llevarlo a la ciudad encantada para convertirlo en su amante. La creencia de que este bufeo se puede transmutar tanto en hombre como en mujer es generalizada. En el Estado de Apure, en la República Bolivariana de Venezuela, creen que la tonina surgió de una mujer que se transformó como castigo por irse a bañar al río en plena Semana Santa; esto porque las mamas de la tonina son similares a las de la mujer. Aducen los relatos que, en el Alto Orinoco, un hombre salió a pescar en un sitio sagrado y al ingerir su alimento sin calentarlo, comenzó a tener sueños con la persona enamorada a quien no lograba apartar de su mente. Al salir del río, observó que le seguían centenares de toninas que jugaban en torno a su canoa. Al siguiente día se le presentó su novia bien engalanada quien había venido desde muy lejos en una embarcación y luego de la entrega amorosa, ésta se lanzó al Río Negro y desapareció pues era una tonina, hecho que originó el total encantamiento del hombre, quien era el único que podía ver a su enamorada, más no las demás personas que convivían con él. Como consecuencia de ello, el lugareño tenía alucinaciones cuando pasaba cerca de la laguna sagrada donde realizaba sus faenas cotidianas de pesca, veía jugar a las toninas a su alrededor y regresaba luego con su curiara repleta de pescado como nunca antes lo había hecho. Mientras su madre arreglaba el pescado, éste se fue a bañar y fue raptado por el mawari quien lo condujo a “Temendagui”, la ciudad encantada.

Al salir del mundo subacuático, el delfín rosado es atraído por el olor a sangre de mujeres menstruantes que van a bañar al río, a quienes persigue junto con las que están en estado de gravidez para ahogarlas, al considerarlas sus enemigas, o para convertirlas en toninas. Las mujeres con estas condiciones que escapan del asedio de las toninas comienzan a tener sueños con estos animales trasmutados en varones y pueden enfermar. Relatan los indígenas curripaco, que una mujer con el período menstrual fue a bañar al río y como consecuencia experimentó durante varios meses, repetitivos sueños con las toninas con quienes noche tras noche sostenía relaciones sexuales e incluso engendró un hijo en esta dimensión onírica. Los comentarios se sustentan en que, en este lapso, la mujer gemía y experimentaba movimientos y expresiones de satisfacción cada vez que dormía y soñaba. Según la tradición de los pueblos indígenas amazónicos, en las noches de luna llena, el delfín se transmuta en esbelto galán y con dotes de amante insaciable, vestido de blanco y con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, se acerca a la orilla para seducir a las mujeres. Bajo el sombrero guarda el orificio en la cabeza por donde respira, además de que carece de ombligo y en algunas ocasiones se le puede apreciar sus pies pequeños y lisos. El atractivo hombre llega a las fiestas, baila a la perfección y fascina por completo a las mujeres quienes no pueden resistirse a sus encantos; entonces, escoge a la más bonita a quien enamora y lleva a la playa para sostener relaciones sexuales. En la posteridad, la mujer no recuerda nada de estos hechos hasta que advierte que está embarazada. Si por casualidad este lujurioso varón no alcanza a cumplir su propósito en el tiempo establecido, en las horas de luna llena, y es sorprendido por el alba del nuevo día, deja de fascinar y muestra un horrible atuendo: un delfín rosado que lleva como calzado dos pirañas, al cinto una serpiente enrollada y como sombrero una raya.

Refiere la tradición popular, que cuando algún caballero elegante porta sombrero debe quitarlo en presencia de los lugareños para demostrar que no es un delfín. A las toninas se les endilga la paternidad de todos los niños que no tienen padre y debido a su poder seductor, algunos hombres intentan matarlas para evitar embaracen a sus mujeres. Se tiene conocimiento de niños registrados en las notarías como hijos del delfín e incluso se afirma que los delfines rosados son los mismos padres que tienen intimidad con sus hijas a quienes les nacen niños albinos. Las indígenas yaguas y ticunas manifiestan que el delfín rosado se aparece como un hombre simpático que enamora a las muchachas más hermosas en las fiestas de “el atuasma” y de “la pelazón” respectivamente, en las que se celebra el rito de iniciación en su paso de niña a mujer. Según los nativos, por las noches emerge un barco fantasma, bien iluminado, del fondo del río Cacao, -afluente del Amazonas-, en cuya cubierta los marineros lucen clásicas vestimentas y se regocijan como en una fiesta para luego sumergirse y desaparecer sin hacer ruido. Hace algún tiempo, allí desapareció una embarcación con todos sus tripulantes y pasajeros, al parecer fue raptada por los delfines rosados. Estos indígenas no dejan ir solas a sus hijas al río por temor a que las toninas puedan engañarlas ofreciéndoles pescados para preparar sus alimentos y posteriormente, en las noches, transformarse en galanes e ir a buscarlas. 

En torno a la existencia de las toninas como especie y a las creencias de las comunidades indígenas subyace una paradoja. Algunas veces los nativos les temen y no se atreven a causarles daño al considerar que en estos bufeos están representados sus dioses y las fuerzas del bien y del mal; en otras, en cambio, ponen en riesgo su vida dadas las creencias de que el cuerpo de estos animales tiene poderes místicos y curativos. Según la UICN, Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, los delfines de río son los cetáceos más vulnerables del mundo y recientemente fue declarada como especie en vías de extinción. Sus mayores enemigos son la deforestación y actividades humanas que contribuyen a perturbar su medio de vida. Las muertes deliberadas al caer por accidente en las mallas de los pescadores o en las propelas de los barcos, el aumento en los niveles de contaminación con mercurio en algunos ríos tributarios por actividades mineras, especialmente auríferas, el envenenamiento de los ríos con tóxicos y barbascos, la pesca intensiva que menoscaba su alimento, la captura directa como carnada para agarrar otros peces y la venta de partes de su cuerpo con fines comerciales atendiendo a concepciones mágico-religiosas, ponen en peligro su vida.

Aseguran los chamanes que el delfín rosado ayuda a curar o dañar a las personas respectivamente, dados los poderes mágicos, medicinales y sexuales otorgados a su cuerpo. Con sus grasas y aceites se combaten problemas respiratorios y pulmonares, además de curar la tuberculosis; los dientes y algunas partes del cuerpo de la hembra se usan como talismanes para la buena suerte en la pesca, la cacería y el amor; en este caso, los dientes y la baba son imprescindibles en la elaboración de pusanas para atraer al ser amado y como atractivo sexual; además, con la cuenca de los ojos se mira y flecha a la persona que se quiere conquistar. Para hacer daño o maleficio se emplean los genitales, los ojos y los dientes. Con estos últimos, los chamanes hacen un preparado con aceite que untan a las personas para que se vuelvan locas inmediatamente. Los huesos se utilizan para casi todo tipo de rituales mágicos.

Sobre el delfín rosado del Amazonas se ha escrito mucho y su existencia material se conjuga con la fantasía y con el vivir cotidiano de los pueblos indígenas Amazónicos. Estas criaturas emergen de las entrañas de los ríos y su expresión mitológica nace de lo más intrincado de la selva donde moran estas comunidades nativas. Tratar de escudriñar la infinidad de misterios, testimonios, secretos y todo tipo de creencias construidos por los indígenas de generación en generación, es muy complejo si se tiene en cuenta que esta jungla, plagada de riqueza natural y cultural, encierra una manigua que encanta, hechiza, embruja y somete a sus designios a todo aquel que intente violar sus leyes.


sábado, 16 de enero de 2016

La educación en el Departamento del Guainía




Educar en un contexto pluricultural, multiétnico y plurilingüe como es el territorio colombiano es muy complejo y, en especial, en el Departamento del Guainía donde los pueblos indígenas aglutinan más del 80% del total de la población, además de contar con la presencia de mestizos, negros, cabucos, mulatos, zambos y blancos, muchos de ellos, procedentes de la mayoría de departamentos del país y de otras repúblicas como Ecuador, Venezuela y Brasil. A los pueblos indígenas, como población mayoritaria del Guainía, les corresponde una formación acorde a su realidad cultural, encaminada al fortalecimiento de su lengua nativa, costumbres, tradiciones y valores propios, que le proporcione herramientas para la defensa de su territorio, la participación en la solución de problemas de su comunidad y el rescate y difusión de su acervo cultural frente al avance de la sociedad hegemónica que absorbe, aculturiza e impone nuevos códigos provenientes de un mundo más globalizado. Es conveniente, además, que el joven indígena conozca los derechos especiales, componentes del Fuero Indígena, que como minorías étnicas les corresponde de acuerdo a lo establecido en la Constitución Política.

Lamentablemente, la construcción del modelo de educación propia, basado en la interculturalidad, tal como lo demandan los Decretos 804 de 1995, que hace referencia a la educación para grupos étnicos y 337 de 2004, expedido por la Gobernación del Guainía, que da vía libre a la aplicación de la etnoeducacion en este territorio, hasta el momento, se ha quedado en decretos y resoluciones sobre los escritorios y la Secretaría de Educación del Guainía ha asumido una actitud pasiva e incoherente, muchas veces, con la complicidad de las organizaciones indígenas, líderes, maestros y comunidad en general, quienes han sido complacientes con la improvisación de modelos educativos descontextualizados para el Guainía que buscan resultados a través del ensayo y error, sin atreverse a producir cambios en ellos mientras sus hijos, en el aula, son arrancados y desvinculados de su cultura nativa.

Con el modelo educativo aplicado actualmente, que es tradicionalista, de corte occidental, los pueblos indígenas del Guainía están condenados a perder su cultura en menos tiempo del esperado. Han aceptado la imposición de una educación que es ajena a su realidad en sus territorios, sin que este tipo de formación satisfaga y atienda sus intereses, necesidades, expectativas y aspiraciones como se demanda en sus planes de vida. En la zona rural del departamento, -donde se concentra el mayor porcentaje de población indígena-, los estudiantes son desposeídos de su acervo cultural al ser reducidos al estilo de vida de los internados. Allí, con celeridad, olvidan sus costumbres y asimilan actitudes de la cultura hegemónica, con prácticas, modas y tendencias que no aportan nada a su formación personal (música reggaetón, uso de tatuajes, piercing, aretes, gorras, cabellos pintados, peinados extravagantes, nuevas jergas o formas de hablar y maneras extrañas de comportamiento), para renegar de lo suyo, avergonzarse de su familia, acostumbrarse a lo fácil, dejar de formarse en tareas propias de su cultura y, en otras palabras, dejar de ser indígena para querer volverse occidental. Esta situación, en buena medida, es tolerada por sus maestros, en su mayoría indígenas, a quienes poco importa la formación de sus coterráneos y del docente occidental, que desconoce los patrones culturales de las comunidades donde trabaja y, por el contrario, quiere imponer en las escuelas, practicas importadas de su región natal. Los estudiantes, desde temprana edad, al comenzar sus estudios bajo el modelo educativo instituido por el Estado, se van alejando de lo propio y, sin terminar aún su proceso de formación en la cultura nativa, se enfrentan al conocimiento de otra cultura, que es mayoritaria y, por ende, dominante y absorbente, que se rige por códigos totalmente opuestos a los suyos.

Al debilitarse la educación propia en los establecimientos educativos del Estado, los padres y autoridades indígenas pierden autonomía sobre sus hijos y se les dificulta mantener la cohesión familiar, social y cultural en sus hogares y comunidades. La educación propia que desde niño se ha recibido en el seno del hogar y que tiene como ejes temáticos las costumbres, saberes, tradiciones, expresiones colectivas, espiritualidad, cosmovisión y lengua materna, entre otros, pervive gracias a los espacios de socialización en donde los adultos, ancianos y sabedores relatan las historias y anécdotas todos los días; también pervive en las fiestas y celebraciones de la comunidad, en los espacios religiosos, en los encuentros deportivos y en el día a día de las actividades cotidianas. La educación propia también se basa en el modo de concebir el universo, en el respeto a las leyes que rigen la naturaleza y, en fin, en todo lo que les rodea. Así, se ha gestado la trasmisión de la cultura de generación en generación. Estos conocimientos se desdibujan en el niño y el joven cuando ingresan a estudiar en las escuelas del Estado que aplican el modelo tradicional de educación.

En realidad, el sistema educativo, en la zona rural del Guainía, no ha logrado cumplir con los postulados, fines y propósitos que demanda la legislación para tal fin. La Secretaría de Educación apenas se preocupa por mantener la prestación del servicio educativo, direccionando sus esfuerzos hacia el componente administrativo que tiene que ver con el manejo del dinero de las nóminas e inversión (víveres, transporte y dotaciones escolares), con desmedro del componente pedagógico (modelo educativo, enfoque pedagógico, método, estrategia pedagógica, material didáctico, actualización docente), que debe ser protagonista en el proceso enseñanza-aprendizaje. Presionada esta entidad, por las cifras de estudiantes que debe reportar al MEN y las cuantías que de este organismo nacional recibe por capitación y, ante la reducción de estos dineros por bajos reportes en matrícula, apenas se preocupa por tratar de elevar la cobertura en detrimento de la calidad, como eje fundamental de una buena educación.

Maestros no calificados, y sin el perfil requerido, llegan a las instituciones escolares del río a laborar, plantas de personal docente y administrativo incompletas, personal no especializado en el manejo de los patrones culturales del contexto y con un bajo nivel de motivación, entre otros, son debilidades del proceso educativo en la zona rural. El maestro allí, no tiene acceso a cursos de actualización y carece de herramientas pedagógicas como la conexión a internet; tampoco hay funcionarios con alto nivel de preparación para orientar los procesos de formación y de trabajo en el aula. La falta de incentivación y motivación de los docentes rurales, las largas jornadas de viaje por sinuosos ríos en medios de transporte no fiables para enfrentar peligrosos raudales, trochas inundadas y en mal estado, planchones inservibles, tractores que quedan varados en plena selva, ríos secos, entre otros, se han vuelto tradición en el periplo del maestro por la educación de la zona rural del departamento. La deshumanización del docente en su azarosa tarea, desmotiva la creación literaria, las experiencias significativas y el trabajo colectivo, razón por la que sus aportes en la parte educativa son muy exiguos. Algunos pocos se dan a la tarea de crear planes de estudio etnoculturales, currículos y obras didácticas, pero su esfuerzo es subvalorado e invisibilizado.

Es conveniente, ante esta realidad, comenzar una cruzada por la transformación de la educación en el Departamento del Guainía y poder afianzar así el modelo de educación propia, direccionado hacia la interculturalidad, con la inclusión de aspectos relevantes de la sociedad hegemónica y del mundo globalizado, pues éstos imponen nuevos derroteros y obligan a las culturas minoritarias a incorporar nuevos elementos, eso sí, sin que éstas tengan que perder su esencia cultural o identidad colectiva. De esta manera, con un desarrollo educativo basado en la interculturalidad, donde se acepten los aportes de las culturas coexistentes en una convivencia armónica con gran sentido de tolerancia y respeto, se puede asegurar el futuro de nuestros jóvenes y el de nuestro país. En estas circunstancias, se puede llegar a la práctica el etnodesarrollo, o proyecto de desarrollo sostenible que no niega el desarrollo como fenómeno mundial sino que propone una versión corregida y reformada de éste. Hablar de etnodesarrollo es referirnos a un desarrollo concebido con la idea de que pueda ser realizado en forma prudente, controlada, sostenible y adecuada a las vivencias de los grupos indígenas. Con una formación acertada se puede refrendar lo que los pueblos indígenas merecen como depositarios de una cultura milenaria que ha marcado nuestras raíces: la búsqueda de su reconocimiento como grupos humanos, con características propias y, por ende, capaces de generar espacios en sus procesos productivos, organizativos y educativos que propendan por el mejoramiento de sus condiciones de vida.

Dirigir nuestra mirada a la educación propia no es volver al pasado ni impulsar prácticas ya desaparecidas como los ritos de iniciación, las ceremonias a los dioses cosmogónicos, el uso del guayuco, el empleo del barbasco o el rechazo del estilo de vida occidental y su tecnología sino, más bien, robustecer la práctica de patrones culturales cuyos códigos vigentes puedan convivir con elementos de otras culturas sin verse afectados, eso sí, con una fuerte dosis de identidad cultural, para que el joven actual pueda enfrentar los embates del mundo globalizado que trata de apabullar lo minoritario cuando no se tienen bases culturales sólidas. Articular el conocimiento de la cultura propia y el conocimiento de la cultura hegemónica a través del “cincuenta-cinquenta”, como proponen algunos líderes indígenas, mediante el diseño de material didáctico, actualización de maestros bilingües, preparación de maestros colonos en el manejo de la cultura, organización del currículo y planes de estudio de acuerdo al contexto y realidad actual, diseño de un calendario ecológico y cultural, compromiso serio de las entidades que administran el sistema educativo, sentido de liderazgo de organizaciones, líderes y sociedad indígena en general y trabajo decidido con sentido de pertenencia de docentes indígenas egresados en etnoeducación de distintas universidades del país, para que hagan sus aportes respectivos, serían los pilares a seguir para navegar en este viaje hacia la autonomía, la preparación y la educación seria de los niños y jóvenes rurales.

Para encaminar este propósito de engendrar verdaderos proyectos educativos que satisfagan las necesidades e intereses de las comunidades indígenas, es imperioso acudir a la perseverancia, al trabajo en equipo y, sobre todo, a aprender a valorar la cultura nativa que es patrimonio de Colombia, tal como lo consagra el artículo 7, o principio fundamental, de la Constitución Nacional donde el Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Arza Marza: sitio sagrado de los curripaco




El departamento del Guainía es un territorio rico en recursos naturales, medioambientales, paisajísticos y culturales. Los recursos hídricos representados en la infinidad de ríos, caños, lagunas y aguas subterráneas son fuente de vida para las comunidades y asentamientos indígenas, se constituyen en las únicas vías de comunicación del departamento, alimentan el turismo y la recreación y guardan en sus entrañas significativa cantidad de recursos ictiológicos, auríferos y culturales de carácter material y simbólico.

Como depositarios de inmanente riqueza cultural se destacan los ríos Guainía, Isana, Cuiarí y los caños y afluentes que alimentan estas cuencas hídricas donde se asienta el pueblo curripaco. Uno de estos cuerpos de agua de singular belleza, exuberantes recursos naturales e innumerables huellas del pasado como las piedras sagradas, pictografías y petroglifos, que con el paso del tiempo quedaron plasmadas en sus riberas, es el caño Arza Marza, Arza Marzi o Arramarsi, afluente del río Guainía. El caño Arza Marza, es tan grande como un río y uno de los sitios sagrados más representativos de la etnia curripaco y de la comunidad indígena de San José, que nace en las inmediaciones de tres grandes cerros de los cuales se destaca “Cerro Pelao”, casi al frente de las comunidades de Caranacoa y Danto. Avanza desde su nacimiento en dirección oeste-este, casi paralelo al río Guainía, para abrazarse a éste al llegar a San José, dejando esta población encerrada en las aguas de ambos cauces.

Desde que Militón Yuvabe fundó esta comunidad a comienzos del siglo XX, el caño Arza Marza ha sido sinónimo de vida para sus habitantes pues surte su acueducto, posee gran cantidad de peces y animales silvestres, además de maderas y plantas medicinales. También presenta playas, montículos y lugares exóticos que invitan a pernoctar en sus orillas. Es típico en este lugar encontrar grandes trampas para agarrar pescado llamadas kakures. Militón Yuvabe al fundar San José acertó al encontrar el lugar más indicado para la construcción de la misma, ya que el caño Arza Marza garantiza la seguridad alimentaria a las sucesivas generaciones de personas y puede ser explotado en toda su dimensión únicamente por sus habitantes que no tienen que compartirlo al no existir más asentamientos humanos en sus orillas. A pesar de que sus aguas son de color negro, como las del río Guainía, por la presencia de huminas y ácidos fúlvicos y húmicos provenientes de la descomposición incompleta del contenido fenólico de la vegetación, no presenta elementos contaminantes como aguas residuales o azogue al no haber balsas o dragas explotadoras de oro que puedan contaminar su lecho.

Al hacer un recorrido en su serpenteante cauce, nos deleitamos con las sonoras voces de la naturaleza: el grito incesante y bullicioso de los monos aulladores, el canto melancólico de las palomas, pavas, paujiles y demás pájaros mañaneros, el sonido adormecedor de las chicharras, el movimiento de las hojas de los árboles por acción del viento y las caídas de agua o pequeños raudales que braman intermitentemente componiendo melodías agradables al oído. La vista también se recrea con el verde profundo de la selva que se confunde con el oscuro color de las aguas del caño, surcado por muchas rocas, con milenarios grabados y bancos de arena a los lados que forman vistosas playas especialmente en la época seca del año. Las piedras testimonian la riqueza mitológica del caño cuando, otrora, fue habitado por los dioses cosmogónicos que hacían de este cauce una ruta indispensable para mantener el contacto y el control de los mortales y como proyección de su morada sempiterna.

Para entender la riqueza mitológica del Arza Marza debemos remontarnos al origen del pueblo curripaco. Fue en Jipana, una roca ubicada en el río Ayanen, afluente del Isana, donde los dioses cosmogónicos hicieron de ríos, caños, cerros, serranías, lagunas, playas y piedras sus moradas que, en la posteridad, se convirtieron en sitios sagrados de especial respeto y veneración, incluso hasta nuestros días. Iñapirrikuli, Kuwai, Dzuli, kunaferri y Malinali, entre otros dioses, al diseñar el mundo, dotaron al hombre de utensilios y herramientas para vivir, crearon el día, la noche, las estrellas y demás fenómenos naturales. Ellos se disputaban el control del mundo y se comunicaban con los mortales a través de petroglifos o rocas con figuras y símbolos grabados, comunicación que cobra vida a través de los mitos y leyendas que se tejen en las riberas del caño Arza Marza.

Las aguas del Arza Marza están salpicadas por infinidad de rocas y sitios sagrados como la “Piedra Raya”, en la desembocadura del caño y contigua a la comunidad de San José; “Kunubá”, una enorme piedra parecida a una torre, custodiada por cuatro filones rocosos más pequeños que hacen de soldados o guardianes de la torre que representa a sus dioses; “Piedra Kapolephua”, de forma redonda que semeja la cabeza de una persona con un sombrero, de la que según los lugareños, aquel que pase frente a ella, debe evitar tocarse o rascarse la cabeza, pues de hacerlo, se le caerá el cabello y quedará calvo. Se afirma que cuando alguien pasa cerca a la piedra siente un deseo irresistible de llevarse las manos a la cabeza. También se destaca “Kalacaam” (Piedra Gallo Negro), desde donde, algunas veces, se puede escuchar el canto de los gallos. Dicen que esto es malaseña pues aquel que, por infortunio, escuche el canto del gallo es advertido de que alguien de su familia o él mismo va a fenecer. Otros cuerpos rocosos son: “Abuelo del Danto”, “Jipada Jaleperry” (Piedra Blanca) o “Camino de Anaconda”, que es la entrada a la casa de los yupinais, “Piedra Espejo de Pescado” (kupjecanale), “Piedra Temblador” y “Piedra Cachirre”, entre otros.

También encontramos sabanas y lagos sagrados como “Jinimayao” o comunidad de yupinais. Los antiguos podían ver en esta sabana, vacas, caballos y cerdos que no eran más que espíritus del monte transformados en animales; “Lago de Anaconda” (habitado por anacondas) y, el lugar más importante y sagrado de todos que es la “Laguna Eenoanja” (“Cielo Sagrado”, “Laguna Sagrada”, “Ciudad de los Yupinais”, “Capital de todos los sitios sagrados”), que es la morada del maware y los yupinais que son espíritus del agua y del bosque respectivamente, que pueden imponer castigos a los mortales.

Según la tradición oral, cuando un cazador o pescador irrespetaba o desobedecía la orden ancestral de no pescar o cazar en los lugares prohibidos del caño y, especialmente, en la "Laguna Eenoanja”, inminentemente enfermaba y le sobrevenía todo tipo de desgracias. En la noche siguiente al desacato, el sacrílego soñaba viajando por el caño, rodeado de los espíritus del monte y, el animal que había sacrificado volvía a la vida y cobraba venganza dejándole enfermo, mal herido o paralítico. Al día siguiente, al despertar la persona, se convencía de que esas imágenes oníricas se conjugaban con la realidad ya que había caído en mortal enfermedad y requería la inmediata asistencia de un médico tradicional. Entonces el cuerpo de la persona yacía decúbito, mientras su espíritu era raptado por los yupinais e iba a morar en la laguna donde ingería alimento y vivía como si nada hubiera pasado. La oralidad nos enseña que en una gran ciudad, bajo el agua, moran los yupinais y el maware, en condiciones similares a la de los humanos, con sus propias viviendas y medios de comunicación y transporte. Esta forma alegórica de la muerte en la subacuática dimensión revindica la solidez de las creencias de los ancestros para quienes el espíritu del enfermo gozaba de las bondades del inframundo mientras el cuerpo enfermo yacía en la dimensión terrenal hasta ser curado con rezos por payés que podían penetrar en la fantasmagórica morada y liberar de los espíritus, el alma del profanador.

Los antiguos curripaco veneraban estos lugares y, para poder transitar por allí, sin contratiempos, dejaban ofrendas como casabe, mañoco, ají, jabón, plátanos, yuca dulce, monedas o cualquier otro artículo. No se podía pescar ni coger cualquier recurso natural que, paradójicamente abundaban por esta restricción cosmogónica, tanto en el agua como en el monte, so pena de contraer cualquier tipo de enfermedad o desgracia. No se podía jugar e irrespetar las piedras, gritar e incluso mirar o pasar por sus proximidades pues ya se consideraba profanado el lugar. Para transitar por algunos sitios sagrados las personas tenían que bañarse con antelación, abstenerse de consumir ciertos alimentos o ingresar en ayunas al sitio indicado para evitar la malaseñas o presagios de desgracias. Se afirma también que para evitar la extracción excesiva de animales de cacería, peces y maderas y poder mantener incólumes los recursos de estos lugares, existían puntos donde el caño se bifurcaba o presentaba un ramal semejante que podía hacer perder al transeúnte y, que los animales de cacería, podían ser únicamente malaseñas.

Estos sitios sagrados permanecen aún sin intervenir pues la tradición se mantiene y las sucesivas generaciones de indígenas curripaco son respetuosos de su cultura que se transmite de generación en generación. Así como el caño Arza Marza, existen en el Departamento del Guainía otros lugares también diversos en cultura natural y cultural, algunos perdidos en la inmensidad de la selva y otros a la vista de visitantes y lugareños.